DIARIO DE UN ASESINO
Era una mañana fría aquel domingo 10 de diciembre del año 2000 cuando tres amigos, que estaban disfrutando un día de pesca, vieron una silueta oscura flotando en el río Oder, en la ciudad polaca de Wroclaw. El agua brotaba con fuerza entre una vegetación tupida, salpicada por miles de pinos que jugaban a tratar de rozar las nubes.
Al
principio pensaron que se trataba de un tronco, lograron acercarse y atrajeron el objeto enigmático con sus cañas.
Lo que habían confundido con una madera tenía, en un extremo, una gran mata de
pelo enmarañado. No tardaron en reconocer, horrorizados, que era el cuerpo de un hombre. Decidieron no
tocar el cadáver y acudir a la Policía.
Los oficiales llegaron un rato después y sacaron el cuerpo
del agua, quedaba muy claro, por los signos de tortura, que estaban ante la escena de un crimen. El hombre,
caucásico, de unos treinta años de edad, estaba maniatado con un lazo que iba
de sus muñecas hasta su espalda, con un nudo en el cuello que parecía haberlo estrangulado.
La víctima aparentaba haber sido una persona alta, de pelo
largo oscuro y ojos azules. El cuerpo estaba semidesnudo, solamente tenía una media
y los calzoncillos, los peritos encontraron signos defensivos en sus brazos, lo que daba a entender que no fue atacado a traición.
El patólogo forense no encontró comida en sus intestinos: ese
dato revelaba que había pasado hambre los días previos. Si bien inicialmente creyeron que había sido
estrangulado, el examen de sus fluidos demostró que su muerte llegó en
medio de un tormento escabroso.
Había sido atado a una silla, torturado, y arrojado
vivo al río, llegaron a esa conclusión después de hallar agua en sus
pulmones.
Los investigadores no tardaron en encontrar una denuncia, sobre
una desaparición, que coincidía con
sus características físicas y el espacio temporal. Se trataba de un empresario de 35 años, abogado y dueño
de una pequeña agencia de publicidad, con paradero
desconocido desde hacía cuatro semanas.
Su esposa, con quién residía en la ciudad de Wroclaw, que vivía a 96 kilómetros del
lugar donde se había encontrado el cuerpo, fue quien reportó a la policía el 13
de noviembre que su marido, el publicista Dariusz
Janiszewski, no había vuelto a casa. Lo habían visto con vida al salir de
su trabajo, pero no había llegado a
cenar esa noche.
Cuando
llegó el momento de ir a la morgue
para reconocer el cuerpo no pudo entrar, estaba en shock. Fue la madre de la
víctima la que tuvo que confirmar que se
trataba de su hijo. Era él: una marca de nacimiento en su pecho lo
confirmaba.
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Dariusz Janiszewski |
Interrogaron
a sus compañeros trabajo, a sus familiares, a sus amigos. Nada. Ni una sola pista: no había deudas, no
había adicciones, no había amantes despechados. La pareja llevaba casada ocho
años, habían terminado hacía un tiempo, pero se estaban reconciliando y
planeaban tener un bebé. El publicista
asesinado era un hombre común que no tenía problemas con nadie, le gustaba
jugar al fútbol, acampar y tocar la guitarra con su banda de rock.
Después de una investigación frustrada que no llegó a buen
puerto, el caso terminó archivado. Y
así permanecería durante tres años, hasta que un detective local - y ávido
lector- con insomnio, entró en escena para dar vuelta la historia.
Jacek Wroblewski estaba en su casa cuando recibió,
bajo la puerta, una carta anónima que, entre garabatos ilegibles, le sugería la
lectura de un libro recientemente publicado, que estaba relacionado con un crimen. Sin muchas expectativas, se dispuso a
leer el primer ejemplar que consiguió. La novela había aterrizado hacía un
tiempo en las librerías y se titulaba “Amok”
(en voz malaya, se traduce como furia, y
refiere a un trastorno caracterizado por impulsos violentos).El escritor se llamaba Krystian Bala y era
vecino de la zona
Desde que se había recibido, en 1984, Jacek Wroblewski buscaba una misión para su vida. Había trabajado
como empleado municipal, soldado, mecánico de aviones y mil oficios más. Recién
cuando, en 1994, se unió a las fuerzas
policiales de Wroclaw sintió que
había encontrado su lugar.
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El detective Jacek Wroblewski
El caso del publicista asesinado lo conocía muy por arriba.
Mientras iba desollando los capítulos de
la novela, tratando de atar cabos, buscaba en los expedientes policiales
todo lo relacionado con Dariusz
Janiszewski; algo habrían pasado por alto. Sus tarjetas de crédito no
habían sido utilizadas, no fue por dinero. Era
algo más siniestro; querían humillarlo. El o los asesinos, odiaban
profundamente a Janiszewski. Y no lo
disimularon.
Número equivocado
Wroblewski empezó a pasar horas analizando el
caso, se detuvo en un detalle: el teléfono de la víctima no había sido
encontrado. Pensó que podría rastrear el
número de serie del aparato, con ese fin acudió al departamento de telecomunicaciones,
contactaron a la viuda y tuvieron suerte: ella conservaba el recibo de compra
del celular. Tenían ese número clave y empezaron
a buscar una aguja en un pajar.
Para sorpresa de todos resultó que un teléfono, con ese mismo
número de serie, había sido vendido en Allegro,
el gigante del eCommerce, cuatro días después de la desaparición de
Janiszewski. El comprador se había logueado en la web como “ChrisB”. Siguieron sus pasos y descubrieron que el dueño de ese
usuario era un intelectual de 30 años llamado Krystian Bala. Y que acababa de publicar un libro titulado Amok…
El libro era sádico,
perverso, y su personaje principal, “Chris”, era el narrador. Encarnaba a
un intelectual polaco aburrido que, cuando no hablaba de filosofía, se
emborrachaba y tenía sexo sadomasoquista. El texto era deliberadamente
antirreligioso y el contenido era
perturbador. Chris ultimaba a su amante sin ninguna razón, y el método para
hacerlo era sugestivo por sus similitudes con la víctima real encontrada en el
río.
El detective estaba entusiasmado y releyó varias veces el libro. Además consiguió varias copias y las
repartió entre sus compañeros de la fuerza para conocer su opinión. En su fuero
íntimo, estaba convencido de que había
encontrado al asesino.
Krystian Bala, filósofo devenido en escritor, nació en Polonia, en
1974. Se licenció en filosofía en la Universidad de Breslavia donde se destacó
como uno de los alumnos más brillantes. Buenmozo
y carismático, hablaba de una manera sofisticada y locuaz. Admirador de Friedrich Nietzsche, decía que quería vivirlo todo al extremo. A sus
amigos les decía: “No viviré mucho, pero
viviré furiosamente”.
Había comenzado a escribir
incansablemente, su personaje en Amok,
“Chris”, asesinaba a su novia Mary y lo describía así: “Ajusté el nudo alrededor de su cuello, sosteniéndola con una mano (…)
Con la otra clavé el cuchillo debajo de su seno izquierda (...) Todo estaba
cubierto de sangre”.
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| Krystian Bala |
Krystian había terminado su libro en el año 2002. Amok era su primera novela y, en el momento en que salió a la venta, solo habían pasado 31 meses del famoso crimen del publicista. La tapa era una cabra, un antiguo símbolo del diablo. La novela, por sí sola, no podía
ser evidencia de nada, la prueba era el
teléfono, eso es lo que tenían en concreto. Además de varias búsquedas,
hechas por el sospechoso en Google, con las palabras “muerte” y “ahorcamiento”
días antes de la desaparición. Krystian fue detenido el 5 de septiembre de 2005, cuando salía de una farmacia.
Negó cualquier participación con el hecho y se mostró dispuesto a someterse al detector de mentiras. Los policías sabían
que desde ese teléfono, que había pertenecido a la víctima, se realizaron 31 llamadas, en un período de tres
meses, a los padres de Krystian, a su pareja, a sus amigos y colegas de
trabajo. Los resultados del polígrafo no
fueron determinantes. Sin confesión y
sin pruebas fehacientes, tendrían 48 horas para dejarlo ir. Los amigos del escritor creían en
lo que él decía: era un hombre injustamente
detenido por haber escrito una novela de ficción que podía estar inspirada
en hechos reales. La Policía polaca inició una investigación interna para determinar
si habían actuado bien sus miembros al detenerlo. Después de meses llegaron a
la conclusión de que la denuncia era
una fábula creada por Jacek. Cuando parecía que
se quedaban sin nada llegó un testimonio crucial, Malgorzata
Drozdzal,
amiga de la esposa Bala, le dijo a la Policía que, durante el mes de agosto,
del año 2000 ella había ido con Stasia
al club nocturno “Crazy Horse”. Esa
noche la había visto hablando con un
hombre de pelo largo oscuro y ojos claros. Era alguien de la ciudad a quien
había reconocido. Su nombre era Dariusz
Janiszewski. Cuando la ex se animó a hablar La convocaron y le hicieron leer varios pasajes del libro de su ex marido. Ella no lo había leído hasta ese momento. Stasia quedó shockeada: el parecido de la mujer del personaje creado por su marido era igual a ella. Decidió
hablar, Stasia contó que había conocido
a Janiszewski en un local, pasaron
la noche hablando y concertaron una cita una semana después. Stasia estaba separada de Krystian. Poco tiempo después de esa
cita, su ex marido apareció en su casa, rompió
la puerta y le gritó que había contratado servicios privados para espiarla
y que sabía que estaba manteniendo un romance
con Janiszewski. Por fin tenían el motivo del
asesinato: una furia ciega por celos enfermizos. Krystian Bala fue detenido, el juicio comenzó el 22 de febrero de 2007. La jueza era una mujer: Lydia Hojenska. Todos los personajes de la historia estaban en la sala. La viuda y los padres de la víctima; los que habían seguido el caso; Teresa, la madre de Krystian Bala. La acusación mostró archivos extraídos de la computadora de Krystian donde estaban catalogados prolijamente, con calificativos denigrantes, más de setenta encuentros sexuales con mujeres. En esos archivos Krystian usaba los mismos adjetivos vulgares que su personaje Chris en la novela Amok. Según la ley polaca el acusado podía hacerles preguntas a los testigos. Krystian hizo uso de su derecho en reiteradas oportunidades. Aseguró que todo lo escrito tenía que ver con su frondosa imaginación y los artículos que había leído sobre el caso. “Quiero decir que yo nunca conocí a Dariusz y que no hay un solo testigo que pueda confirmar que sí lo conocí”. Acusó a los que lo enjuiciaron de haber armado una “trama de novela”. Cuando llegó el día, su madre Teresa estaba sentada en la sala. No se había animado a leer el libro de su hijo. Pero sabía que el personaje que él había creado fantaseaba con matar a su madre. El padre de Krystian se armó de coraje y fue. La sentencia fue contundente: 25 años de cárcel. La jueza Hojenska, si bien admitió que no podía probarse con certeza que Krystian hubiera cometido el crimen con sus propias manos, sí había podido probarse que era el autor intelectual”. Durante sus primeros tiempos en la cárcel las autoridades detectaron rastros de Krystian siguiendo en Internet al nuevo novio de Stasia. Bala vendió algunos libros pero, en el
caso de los padres, se trató de un regalo, con una dedicatoria muy peculiar: “Gracias
por su perdón a todos mis pecados”.
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